Cuatro años más tarde...
En los años posteriores a la muerte de Joe, _____ Barenson había encontrado la manera para volver a vivir de nuevo. No había sido inmediatamente. Los primeros dos años después de su muerte habían sido difíciles y solitarios, pero el tiempo, finalmente, había obrado su magia sobre _____, transformando su pérdida en algo más llevadero. A pesar de que amaba a Joe y sabía que una parte de ella siempre lo amaría, el dolor ya no era tan intenso como en el pasado. Recordaba sus lágrimas y el vacío absoluto en que se había convertido su vida después de su muerte, pero ya había dejado atrás aquel vertiginoso desconsuelo. Ahora, cuando pensaba en Joe, lo recordaba con una sonrisa, agradecida porque hubiera formado parte de su vida.
También estaba agradecida por Singer. Joe había acertado regalándole el perro. En cierto modo, Singer había hecho posible que saliera adelante.
Pero en ese momento, tendida en la cama una fresca mañana de primavera en Swansboro, Carolina del Norte, _____ no estaba pensando en el maravilloso apoyo que Singer había sido durante los últimos cuatro años. En realidad, estaba maldiciendo mentalmente su existencia mientras respiraba entrecortadamente, pensando: «No puedo creer que vaya a morir así. Aplastada en mi cama por mi propio perro».
Con Singer despatarrado encima de ella, inmovilizándola contra el colchón, se imaginó sus labios tornándose azules a causa de la falta de oxígeno.
-Levántate, perro holgazán -dijo casi sin aliento-. Me estás matando.
Como roncaba ruidosamente, Singer no pudo oírla, y _____ empezó a revolverse para tratar de hacerle salir de su sueño. Ahogándose bajo su peso, se sintió como si la hubieran envuelto en una sábana y lanzado a un lago al estilo de la mafia.
-Hablo en serio -dijo forcejeando-. No puedo respirar.
Finalmente, Singer levantó su pesada cabeza y parpadeó adormecido. «¿A qué viene todo este jaleo? -parecía estar preguntando-. ¿No ves que estoy intentando descansar?»
-¡Fuera de aquí! -bramó _____.
Singer bostezó y apretó su frío hocico contra la mejilla de ella.
-Vale vale, buenos días -dijo jadeando-. Ahora largo de aquí.
Con aquello, finalmente, Singer dio un soplido y empezó a estirar las patas.
Aplastó varias partes del cuerpo de _____ mientras se levantaba. Más arriba. Más arriba. Un momento después, erigiéndose sobre ella con apenas un pequeño rastro de baba en los labios, parecía un monstruo salido de una película de terror de bajo presupuesto. «Cielo santo -pensó ella-, es enorme.» Ya debería estar acostumbrada a él. Respiró profundamente y lo miró con el ceño fruncido.
-¿Acaso te he dicho que pudieras meterte en la cama conmigo? -le preguntó.
Por las noches, Singer acostumbraba a dormir en una esquina del dormitorio. Las dos últimas noches, sin embargo, se había subido a la cama con ella. O, para ser más precisos, encima de ella. «Perro loco.»
Singer bajó la cabeza y le lamió la cara.
-No, no estás perdonado -dijo, apartándole de un empujón-. Ni siquiera te molestes en intentar salirte con la tuya. Podrías haberme matado. Pesas casi el doble que yo, ¿sabes? Ahora sal de mi cama.
Singer gimió como un niño enfurruñado antes de bajar de un salto al suelo. _____ se incorporó con dolor en las costillas y miró el reloj: «¿Ya?», pensó. _____ y Singer se estiraron al mismo tiempo antes de que ella apartara las sábanas.
-Venga -dijo-. Te dejaré salir antes de meterme en la ducha. Pero no vayas a olisquear los cubos de basura de los vecinos otra vez. Me dejaron un mensaje bastante desagradable en el contestador.
Singer la miró.
-Ya lo sé, ya lo sé -dijo-. Sólo es basura. Pero a alguna gente le pica por ahí.
Singer salió del dormitorio y se dirigió hacia la puerta de entrada. _____ le siguió desentumeciéndose los hombros y cerró los ojos sólo un momento. Gran error. Mientras salía del dormitorio, se golpeó los dedos del pie con el armario. El dolor ascendió desde los dedos hasta la pantorrilla. Después del grito instantáneo empezó a maldecir, combinando blasfemias con toda clase de maravillosas variantes. Saltando a la pata coja en su pijama de color rosa, estaba segura de que parecía una especie de conejito Duracell desquiciado. Singer se limitó a echarle una mirada que parecía decir: «¿Qué pasa ahora? Me has hecho levantar, acuérdate, así que en marcha. Tengo cosas que hacer fuera».
-¿No ves que me he hecho daño? -bramó ella.
Singer bostezó de nuevo y _____ se frotó los dedos del pie mientras caminaba renqueando tras él.
-Gracias por venir en mi ayuda. No sirves de nada en caso de emergencia.
Un momento más tarde, después de pisar los doloridos dedos del pie de _____ al cruzar la puerta -ella supo que lo había hecho a propósito-, Singer salió al exterior. En lugar de dirigirse hacia los cubos de basura, Singer se encaminó hacia las boscosas fincas vacías con que lindaba la casa por un lado. Ella lo observó mientras sacudía su inmensa cabeza de un lado a otro, como si quisiera asegurarse de que nadie había plantado ningún árbol ni ningún arbusto nuevos durante el día anterior. A todos los perros les gustaba marcar su territorio, pero Singer parecía creer que, de algún modo, si encontraba los lugares suficientes en los que aliviarse, sería ungido Rey Perro del Mundo. Al menos así la dejaba en paz un rato.
«Gracias a Dios por sus pequeños favores», pensó _____. Durante los dos últimos días, Singer la había estado volviendo loca. La había seguido a todas partes y no se había permitido perderla de vista ni siquiera durante unos minutos, excepto cuando ella lo sacaba. _____ no había podido retirar los platos sin tropezarse con él una docena de veces. Y fue incluso peor por la noche. La anterior había estado gruñendo durante una hora, aunque había tenido la consideración de intercalar, de vez en cuando, algún ladrido. Todo lo cual había llevado a _____ a fantasear con la compra de una caseta de perro insonorizada o un rifle para elefantes.
No es que el comportamiento de Singer hubiera sido nunca... bueno, normal. Exceptuando el gesto que hacía para orinar, aquel perro siempre había actuado como si pensara que era humano. Se negaba a comer en un cuenco; nunca había necesitado una correa; y cuando _____ miraba el televisor, él se encaramaba al sofá y se quedaba observando la pantalla. Y cuando ella le hablaba -en realidad, cuando alguien le hablaba-, Singer observaba atentamente, con la cabeza inclinada hacia un lado, como si estuviera siguiendo la conversación. Muchas veces, parecía entender lo que le decía. Le dijera lo que le dijese, por absurda que fuera la orden, Singer la cumplía. «¿Puedes ir a por mi monedero al dormitorio?» Singer salía trotando de la habitación con él al cabo de un momento. «¿Puedes apagar la luz del dormitorio?» Él se alzaba sobre las patas traseras y le daba al interruptor con el hocico. «Pon esta lata de sopa en la despensa.» La llevaba en la boca y la dejaba en el estante. Sin duda, otros perros estaban bien adiestrados, pero no como éste. Además, Singer no había necesitado adiestramiento. No un adiestramiento normal. _____ sólo tenía que enseñarle una cosa una vez y ya estaba. A los demás les parecía extrañísimo, pero como aquello hacía que _____ se sintiera una versión moderna del doctor Dolittle, le gustaba.
Aunque ello significara que le hablaba a su perro mediante frases completas, discutía con él y de vez en cuando le pedía consejo.
Pero bueno, se decía, tampoco era tan extraño, ¿no? Habían estado juntos desde que Joe había muerto, ellos dos solos, y Singer era casi siempre una excelente compañía.
Singer, sin embargo, había estado comportándose de un modo extraño desde que _____ había empezado de nuevo a salir, y no le había gustado ninguno de los tipos que se habían apostado a la puerta en los últimos dos meses. _____ ya se lo imaginaba.
Desde que era un cachorro, Singer tenía por costumbre gruñir a los hombres cuando los conocía. _____ pensaba que Singer tenía un sexto sentido que le permitía distinguir a los buenos tipos de aquéllos a los que ella debía evitar, pero últimamente había cambiado de opinión. Ahora, no podía evitar pensar que el perro no era más que una versión grande y peluda de un novio celoso.
Aquello iba a ser un problema, decidió _____. Iban a tener que hablar en serio. Singer no quería que ella estuviera sola, ¿verdad? No, claro que no. Quizá tardara un poco en acostumbrarse a la presencia de otra persona, pero acabaría comprendiéndolo. Cielos, con el tiempo probablemente se alegraría por ella. Pero cuál, se preguntó, ¿cuál era la mejor manera de explicárselo?
Se detuvo un instante, pensando en ello, antes de darse cuenta de las implicaciones de lo que estaba pensando.
¿Explicárselo? «Dios -pensó-. Me estoy volviendo loca.»
_____ se dirigió renqueando al baño para asearse antes de ir a trabajar, despojándose de su pijama mientras andaba. Parada ante el lavamanos, sonrió a su reflejo. «Mírame -pensó-, tengo veintinueve años y me estoy viniendo abajo.» Le dolían las costillas al respirar, los dedos del pie le palpitaban con fuerza, y el espejo, advirtió, no ayudaba demasiado. Durante el día, su cabello moreno era largo y liso, pero después de una noche en la cama parecía como si hubiera sido atacado por un montón de duendecillos de la almohada aficionados a gastar bromas con el peine. Lo tenía de punta y encrespado, «en estado de sitio», como Joe solía decir amablemente. El rímel se le había corrido por la mejilla. Tenía la punta de la nariz roja, y los ojos verdes hinchados a causa del polen primaveral. Pero una ducha ayudaría con todo eso, ¿no?
Bueno, quizá no con las alergias. Abrió el botiquín y se tomó un Claritin antes de volver a mirar, como si esperara una mejora repentina.
Aj.
Después de todo, quizá no debiera esforzarse tanto en poner freno al interés de Bob. Hacía un año que le cortaba el pelo a Bob, o más bien lo que quedaba de él. Hacía dos meses, Bob había finalmente vencido sus temores y le había preguntado si quería salir con él. No era exactamente el hombre más atractivo del mundo -se estaba quedando calvo y tenía la cara redonda, los ojos demasiado juntos y una panza incipiente-, pero era soltero y tenía éxito, y _____ no había salido con nadie desde la muerte de Joe. Se imaginó que sería una buena manera de volver al mundo de las citas. Se equivocaba. Había una razón por la que Bob estaba soltero. Bob no era sólo un completo fiasco por lo que respectaba a su aspecto, sino que se mostró tan aburrido durante la cita que incluso las personas que estaban en las mesas de su alrededor habían mirado a _____ con pena. Su tema de conversación preferido durante la cita fue la contabilidad. No había mostrado interés en nada más: ni en ella, ni en la carta, ni en el tiempo, ni en los deportes, ni en el vestidito negro que ella llevaba. Sólo la contabilidad. Durante tres horas, ella había escuchado a Bob perorando sobre las deducciones detalladas, la distribución de las plusvalías, la depreciación y las refinanciaciones de la clase 401(k). Al final de la cena, cuando él se inclinó sobre la mesa y le confesó que «conocía a gente importante en el Ministerio de Hacienda», _____ tenía los ojos tan vidriosos que a duras penas veía nada.
No hizo falta decir, por supuesto, que Bob se lo había pasado de maravilla. La había estado llamando tres veces a la semana desde entonces para preguntarle «si podían volver a salir para una segunda consultoría, ja, ja, ja». Era persistente, eso seguro. Fastidioso como el que más, pero persistente.
También estaba Ross, el segundo tipo con el que se citó. Ross el doctor. Ross el hombre atractivo. Ross el pervertido. Una cita con él era más que suficiente, muchas gracias.
Y no había que olvidar al bueno de Adam. Trabajaba para el condado, le dijo. Le gustaba su trabajo, le dijo. Era un tipo normal, le dijo.
Adam, descubrió, trabajaba en las alcantarillas.
No olía, no le crecían sustancias desconocidas bajo las uñas, su cabello no tenía un brillo grasiento, pero _____ sabía que, mientras viviera, no se acostumbraría a la idea de que un día él podía plantarse ante su puerta con ese aspecto.
«Hemos tenido un accidente en la central, cariño. Disculpa que me presente de este modo.» Con solo pensarlo le daban escalofríos. Tampoco se imaginaba llevando su ropa a la lavandería después de algo así. Su relación estaba condenada desde el principio.
Justo cuando estaba empezando a preguntarse si ya no existía gente normal como Joe, justo cuando estaba empezando a preguntarse qué tenía ella que atrajera a los bichos raros como si llevara un letrero de neón que dijera «estoy disponible; no es imprescindible ser normal», apareció Taylor.
Gran milagro: incluso después de su primera cita el domingo anterior, él seguía pareciendo... normal. Consultor de la empresa de ingeniería J. D. Blanchard de Cleveland -la empresa que estaba reparando el puente de la vía fluvial-, lo había conocido cuando fue a la peluquería para que le cortara el pelo. Durante su cita, le había abierto las puertas, había pedido por ella en el restaurante, y ni de lejos había intentado besarla al llevarla a casa. Y lo mejor de todo es que tenía un atractivo casi artístico, con las mejillas bien cinceladas, los ojos de color esmeralda, el cabello negro y bigote. Una vez la hubo dejado en casa, ella tuvo ganas de gritar «¡Aleluya! ¡He visto la luz!».
A Singer no le había causado tan buena impresión. Cuando _____ se despidió de Taylor, Singer hizo uno de sus numeritos de «Yo soy el jefe aquí» y aulló hasta que _____ abrió la puerta de entrada.
-Oh, ya basta -dijo-. No seas tan duro con él.
Singer obedeció, pero se retiró al dormitorio y se pasó el resto de la noche haciendo mohines.
«Si mi perro fuera sólo un poquito más raro -pensó-, podríamos formar un dúo y trabajar en una feria ambulante junto al tipo que come bombillas. Aunque lo cierto es que tampoco mi vida ha sido exactamente normal.»
_____ abrió el grifo y entró en la ducha intentando contener la oleada de recuerdos. ¿Qué significado tenía rememorar malos tiempos? Su madre, pensaba con frecuencia, se había sentido irrefrenablemente atraída por dos cosas: la bebida y los hombres nocivos. Ya una cosa sin la otra hubiera sido terrible, pero la combinación había sido insoportable para _____. Su madre desechaba a sus novios del mismo modo que los niños desechan los pañuelos de papel, y algunos de ellos hicieron que _____ lo pasara muy mal una vez alcanzó la adolescencia. El último había intentado ligársela, y cuando _____ se lo había dicho a su madre, ésta, iracunda, borracha y hecha un mar de lágrimas, la había culpado a ella de habérsele insinuado. No fue mucho antes de que _____ se encontrara sin hogar.
Vivir en la calle había sido espantoso, aunque sólo fuera durante los seis meses anteriores a la aparición de Joe. Casi todas las personas a las que conocía se drogaban o pedían limosna o robaban... o hacían cosas peores. Temerosa de convertirse en uno de los fugitivos medio chiflados que veía cada noche en los refugios y los portales de las casas, buscaba desesperadamente trabajos esporádicos que le permitieran comer y mantenerse alejada de aquel ambiente. Aceptaba cualquier trabajo que le ofrecieran, por nimio que fuera, y mantenía la cabeza gacha. La primera vez que vio a Joe en una cafetería de Daytona, estaba tomándose una taza de café con las últimas monedas que le quedaban. Joe la invitó a desayunar y mientras salía por la puerta le dijo que volvería a hacerlo al día siguiente si ella estaba allí. Hambrienta, _____ volvió, y cuando le preguntó a Joe por qué lo hacía (daba por hecho que conocía sus razones y recordaba que se preparó para proferir una airada diatriba sobre los corruptores de menores y las penas de cárcel), Joe negó tener ningún interés deshonesto por ella. Y al final de la semana, cuando él se disponía a regresar a su casa, le hizo una proposición: si se trasladaba a Swansboro, Carolina del Norte, la ayudaría a conseguir un empleo a tiempo completo y un lugar en el que vivir.
Ella recordaba que lo miró como si tuviera monos en la cara.
Pero un mes más tarde, consciente de que no tenía en su agenda demasiados compromisos, se presentó en Swansboro pensando, al bajar del autobús: «¿Qué diablos estoy haciendo en este pueblo en medio de ninguna parte?». En cualquier caso, fue a ver a Joe, que -a pesar del persistente escepticismo de _____-la llevó a la peluquería para que conociera a su tía Denisse. Y al cabo de no mucho se encontró barriendo suelos a tanto la hora y viviendo en una habitación que había sobre la peluquería.
Al principio, _____ se sintió aliviada por la aparente falta de interés de Joe. Después curiosa. Después irritada. Finalmente, tras tropezar repetidamente con Joe y soltar lo que a ella le parecían indirectas bastantes descaradas, perdió los nervios y le preguntó a Denisse si creía que Joe no la encontraba atractiva. Sólo entonces él pareció entender el mensaje. Salieron una vez, y después otra, y las hormonas ya bullían después de un mes juntos. El amor verdadero vino poco tiempo después. Joe le pidió que se casara con él; recorrieron el pasillo de la iglesia en la que Joe había sido bautizado y _____ se pasó los primeros años de su matrimonio dibujando caras sonrientes cada vez que hacía garabatos mientras hablaba por teléfono. ¿Qué más, se decía cuando pensaba en su vida, se podía desear?
Mucho más, descubrió pronto. Unas semanas después de su cuarto aniversario de boda, Joe tuvo un desvanecimiento tras salir de la iglesia y fue llevado con carácter de urgencia al hospital.
Dos años más tarde, el tumor cerebral acabó con su vida, y con 22 años _____ se encontró empezando de cero otra vez. Añádase a eso la inesperada aparición de Singer, y ya había llegado a un punto de su vida en el que nada podía sorprenderla.
Ahora pensaba que lo que importaba eran las pequeñas cosas de la vida. Si los grandes momentos del pasado eran los que marcaban el tono, los acontecimientos de la vida cotidiana eran los que definían quién era ella. Denisse, que Dios la bendijera, había sido un ángel. Había ayudado a _____ a sacarse el título de peluquera y a ganarse la vida, si no con grandes lujos, al menos decentemente. Kevin y Danielle, dos buenos amigos de Joe, no sólo la habían ayudado a integrarse en la ciudad cuando llegó, sino que habían mantenido su amistad después del fallecimiento de Joe. Y después estaba Nick, el hermano menor de Kevin y el mejor amigo de Joe en la adolescencia. En la ducha, _____ sonrió. Nick.
He aquí un tipo que algún día haría feliz a una mujer, aunque a veces pareciera un poco perdido.
Unos cuantos minutos más tarde, _____ se cepilló los dientes y el cabello, se maquilló un poco y se vistió. Como el coche estaba en la peluquería, tendría que ir andando al trabajo -estaba en la misma calle, a un kilómetro y medio-y se puso unos zapatos cómodos. Llamó a Singer mientras cerraba la puerta con llave y estuvo a punto de no ver lo que habían dejado allí para ella.
Por el rabillo del ojo vio una tarjeta metida entre el buzón y la tapa, junto a la puerta de entrada.
Curiosa, _____ la abrió en el porche mientras Singer surgía del bosque y trotaba hacia ella.
Querida _____,
El sábado lo pasé maravillosamente bien. No puedo dejar de pensar en ti.
Taylor
Así que aquélla era la razón por la que Singer había perdido la chaveta la noche anterior.
-Mira -dijo, sosteniendo la tarjeta para que Singer la viera-. Te dije que era un hombre agradable.
Singer se dio la vuelta.
-No hagas eso. Podrías admitir que estabas equivocado. Me parece que estás celoso.
Singer se acurrucó contra ella. -¿Es eso? ¿Estás celoso?
A diferencia de lo que pasaba con otros perros, _____ no tenía que ponerse de cuclillas para acariciarle el lomo con la mano. Singer era más alto que ella cuando entró en el instituto.
-No te pongas celoso, ¿vale? Alégrate por mí. Singer giró a su alrededor y levantó la mirada. -Y ahora, venga. Tenemos que ir andando porque Nick todavía está arreglando el Jeep.
Al oír el nombre de Nick, Singer movió la cola.